El anhelo de conocernos a nosotros mismos puede llevarnos a acumular información. Leer libros, escuchar podcasts, hacer cursos, meditar, ir a terapia. Podemos hablar de nuestros límites, de nuestras necesidades, de nuestros patrones. Incluso podemos llegar a explicar bastante bien por qué hacemos lo que hacemos.
Y, sin embargo, llega una conversación con alguien importante y algo cambia. De repente cuesta decir que no. Aparece una necesidad enorme de que el otro entienda. Uno se enfada más de lo que quería. O se queda callado y después pasa horas pensando en todo lo que debería haber dicho.
Entonces aparece una pregunta bastante incómoda: “Si sé todo esto, ¿por qué sigo haciendo lo mismo?”. Creo que esta pregunta aparece mucho más de lo que pensamos. Y claramente la respuesta no es falta de conocimiento.
Saber algo no significa poder vivirlo
Podemos entender perfectamente que no necesitamos la aprobación de otra persona y, aun así, sentir una angustia enorme cuando alguien se distancia. Podemos saber que tenemos derecho a poner un límite y notar cómo el cuerpo se tensa en cuanto imaginamos la reacción del otro. Podemos reconocer que una relación no nos está haciendo bien y seguir intentando encontrar una manera de que funcione.
No considero que esto sea contradictorio, simplemente, el conocimiento puede estar ahí y, aun así, no ser suficiente en determinados momentos.
Cuando una relación importante toca algo sensible, muchas veces el cuerpo responde antes de que podamos pensar. La respiración cambia, el pecho se acelera, la garganta se cierra, aparece tensión. Nos justificamos, cedemos, atacamos o nos alejamos. Y después, cuando todo ha pasado, volvemos a entenderlo todo perfectamente.
A mí me parece una de las cosas más interesantes del autoconocimiento: podemos comprendernos muchísimo cuando estamos tranquilos y, precisamente cuando más necesitamos ese conocimiento, sentir que desaparece.
Las relaciones muestran cosas que solos no vemos
A solas podemos sentirnos bastante libres. Pero una relación introduce incertidumbre. ¿Qué pensará de mí? ¿Seguirá queriéndome si digo que no? ¿Se enfadará? ¿Estoy pidiendo demasiado? ¿Y si se marcha?.
No siempre pensamos estas cosas de manera consciente. Muchas veces aparecen directamente en nuestra forma de actuar.
Por eso las relaciones pueden mostrarnos algo que ninguna reflexión consigue mostrar completamente. No solamente cómo pensamos, sino también qué hacemos cuando tenemos miedo, cuando no nos comprenden, cuando alguien se aleja, cuando necesitamos algo o cuando descubrimos que el otro no va a comportarse como queremos.
Y esto puede sentirse incómodo. Pero también tiene algo liberador. Porque si lo que ocurre no es simplemente “yo soy así”, entonces quizá tampoco tenga que seguir siendo así.
La primera reacción no tiene por qué convertirse en nuestra respuesta
Hay algo que solemos pasar por alto. No siempre podemos elegir lo primero que sentimos. Quizá aparece miedo, quizá enfado, quizá sentimos inmediatamente la necesidad de acercarnos o de alejarnos. Eso puede ocurrir antes de que podamos hacer nada al respecto.
Pero una cosa es sentir ese impulso y otra actuar automáticamente desde él.
Ahí empieza a aparecer una pequeña diferencia. Podemos notar que queremos escribir ese mensaje y esperar un momento. Podemos sentir el deseo de complacer y preguntarnos qué queremos nosotros. Podemos notar que estamos enfadados y no utilizar el enfado para herir. No parece gran cosa. Sin embargo, ese pequeño espacio puede cambiar mucho una relación.
Dejar de corregirnos todo el tiempo
Cuando descubrimos un patrón que no nos gusta, es fácil empezar a luchar contra él. “No debería necesitar tanto”. “Tengo que aprender a poner límites”. “Tengo que confiar más”. “No puedo volver a reaccionar así”.
Y entonces ocurre algo curioso: además de sentir lo que estamos sintiendo, empezamos a juzgarnos por sentirlo. Ya no solamente tenemos miedo. Ahora pensamos que no deberíamos tener miedo. Ya no solamente estamos inseguros. Ahora creemos que, después de tantos años de trabajo personal, deberíamos haberlo superado.
Quizá podamos empezar de otra manera.
En lugar de preguntarnos inmediatamente cómo quitar lo que sentimos, podemos preguntarnos qué está ocurriendo. ¿Qué pasa en mi cuerpo cuando esta persona se distancia? ¿Qué sucede justo antes de que diga que sí cuando quería decir que no? ¿Qué estoy intentando conseguir cuando explico una y otra vez mi punto de vista?
Son preguntas sencillas. Pero pueden llevarnos a un lugar bastante diferente.
Conocerse también es poder quedarse
A veces debajo de la necesidad de convencer al otro hay miedo. Debajo del enfado puede haber dolor. Debajo de la dificultad para poner un límite puede haber miedo a perder el vínculo.
No necesitamos convertir cada descubrimiento en una gran historia sobre nuestro pasado. A veces basta con poder permanecer unos segundos cerca de lo que está ocurriendo, sin escapar inmediatamente hacia una explicación, una acusación o una solución.
Eso ya es diferente, porque empezamos a experimentar algo en lugar de solamente entenderlo.
Y cuando podemos experimentar lo que ocurre sin quedar completamente atrapados en ello, aparece algo nuevo: capacidad de elección. Quizá podamos hablar. Quizá esperar. Quizá decir que no. Quizá pedir algo. Quizá escuchar. Quizá marcharnos.
No siempre acertaremos. Seguiremos teniendo miedo, enfado, tristeza o necesidad. La diferencia es que esas experiencias empiezan a tener un lugar dentro de nosotros sin tener que dirigir toda nuestra conducta.
Una relación sin tener que abandonarnos
Durante mucho tiempo podemos pensar que conocernos consiste en saber cada vez más cosas sobre nosotros. Y eso tiene valor, pero llega un momento en que quizá no necesitamos otra explicación. Necesitamos comprobar qué ocurre cuando dejamos de abandonarnos precisamente cuando algo nos duele.
Ahí las relaciones pueden adquirir otra dimensión. Ya no son solamente el lugar donde aparecen nuestros patrones. También pueden convertirse en el lugar donde empezamos a vivir de otra manera: con más espacio, con menos necesidad de controlar lo que el otro piensa y con más capacidad para sentir lo que sentimos sin convertirlo inmediatamente en una acción.
Y aparece una sensación sencilla, pero profunda: poder estar cerca de alguien sin tener que dejar de estar con uno mismo.
Para mí, ahí hay una parte importante del verdadero autoconocimiento. No solamente saber quién soy. También poder permanecer conmigo cuando la vida, y especialmente una relación importante, deja de ser cómoda.